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Neurodivergencia y Taylor Swift: Una experiencia sanadora y sorora para la vida

Agencias. – ¿Cómo un concierto de Taylor Swift se convirtió en un poderoso mensaje de superación para una persona neurodivergente? La aventura musicalizada por historias que parecen fueron escritas especialmente para cada fan.

Tengo 28 años y nunca había ido a un concierto. Pertenezco a la generación que gasta todo su dinero en conciertos, tengo amigos y conocidos que solamente trabajan para poder ir a diferentes conciertos en el año, pero yo nunca había ido a uno, ¿Por qué? Las razones son muchas, pero creo que la más pesada es que soy neurodivergente.

Las neurodivergencias vienen en muchos colores, es un término paraguas que alberga muchos otros, en mi caso, específicamente, significan varios diagnósticos, que aunque sí son importantes, no son el propósito de este texto, entonces vamos a dejarlo en ese más grande, en el que nos abarca a todos.

Los conciertos son el epítome de todo lo que me causa una crisis. Hay mucha gente, mucho ruido, muchos olores, muchas sensaciones, sucede demasiado. No me gusta que me toquen, no me gusta hablar con extraños, no me gusta socializar, no me gustan los ruidos fuertes, ni los olores fuertes, necesito tomar agua constantemente, no soporto pasar horas lejos de lo que considero seguro. Los conciertos no fueron pensados para gente como yo (aunque sí me gusta mucho escuchar música en vivo, razón por la cual creo adoro el teatro musical).

“THEY SEE RIGHT THROUGH ME / I SEE RIGHT THROUGH ME”

Y de pronto, el pasado primero de noviembre, Taylor Swift anunció su gira, “The Eras Tour”, en Estados Unidos. Entonces no sabíamos si iba a venir a Latinoamérica, sólo confiábamos que lo haría, ahí fue cuando tomé la decisión. Si Taylor venía a México, yo iba a ir a verla, sin importar lo que tuviera que hacer para conseguirlo.

No lo decidí ese día, me tomó un par de semanas. Sabía lo que significaba, muy seguramente iba a tener que viajar sola a la Ciudad de México, sola, porque mis amigos no son swifties y no es fácil para mí socializar y conseguir nuevos. Tendría que estar en un lugar rodeada de desconocidos. Habría muchísimo ruido y olores y gente, mucha, mucha gente, la sola idea me daba náuseas, pero era Taylor.

Taylor que me ha acompañado en los momentos más difíciles y que me ha puesto a bailar y reír y cantar cuando estoy al borde del colapso. Taylor que me ha hecho sentir escuchada y entendida. Taylor que cuando cumplí 15 años, una amiga me escribió una carta con la letra de “Fifteen”. Taylor que cuando tenía 16 y acababa de llegar a una ciudad que no conocía y en la que no quería estar, me acompañó con “Speak Now”, mientras pasaba horas encerrada en mi cuarto, enojada y muy, muy sola. Taylor que cuando tengo un día muy malo, veo el “Reputation Stadium Tour” y me siento más ligera después de gritar y bailar como si estuviera ahí. Tenía que ver a Taylor.

La decisión es sencilla cuando no hay fechas anunciadas para tu país, porque todo es una fantasía, una que no me generaba ansiedad, ni náuseas, ni me provocaba noches en vela. Sí, había hecho planes con una conocida, que también es swiftie y tiene mucha experiencia en conseguir boletos para conciertos, pero eso no significa nada, porque no había fechas y no tenía que enfrentarme con la realidad. No tenía que encontrar un modo de ser funcional en una de las situaciones que más miedo me dan.

Hasta que el 2 de junio de este año, alrededor de las 10 de la mañana, mientras estaba trabajando, Taylor anunció que venía a México. Lo vi, grité, no me podía calmar, me fui a encerrar al baño. Las emociones fueron abrumadoras. Toda la anticipación, el miedo, la ansiedad, la emoción de verla, me abrumó, no sabía qué hacer con eso. Número 1: me tenía que calmar, estaba en el trabajo, necesitaba ser funcional, pero no podía. Número 2: la decisión real, la que contaba, estaba frente a mí. ¿De verdad voy a ir a un concierto de esa magnitud? ¿De verdad lo puedo soportar?

Hace algunos años compré boletos para un concierto de The Driver Era, una banda a la que yo quiero mucho, también en la Ciudad de México, pero a la hora no pude ir. No pude soportar la idea de la multitud, que ni siquiera sería tan grande, iba a ser en el Plaza Condesa, la idea de estar entre tanta gente me aterraba, me picaba la piel, me daban ganas de quitarme uña por uña. No, no fui a ver a The Driver Era.

Cada vez que Paramore ha venido a un festival, me lo he perdido, porque si los conciertos son una fuente de ansiedad infinita, los festivales son mi equivalente al infierno. Y quiero ver a Paramore. Todos los días cruzo los dedos para que anuncien fechas de un concierto en solitario en México, no en un festival. Paramore ha sido otra de esas bandas que me ha acompañado desde mi adolescencia.

Con mis antecedentes, ¿Qué me aseguraba que no me iba a echar para atrás? ¿Estaba dispuesta a gastar dinero sabiendo que, quizá, no podría manejarlo? Tal vez no me podría subir al avión (otro miedo más), tal vez no sería capaz de sentarme con desconocidos, tal vez no podría manejar el ruido y tendría que devolver el estómago a mitad de concierto y ser sacada del recinto. Las posibilidades de todo lo que podría salir mal —y de cómo yo misma lo podría arruinar— eran infinitas. Todas pasaron por mi mente mientras estaba encerrada en ese baño, llorando, golpeando mis puños contra las paredes, tratando de evitar una crisis que evidentemente ya estaba sucediendo. La ansiedad es graciosa de esa manera. Pero, al mismo estilo de Taylor, me limpié las lágrimas, me escondí todo, lo guardé en una cajita, salí de ese baño con la resolución de ir y con no dejar que nadie notara lo afectada que estaba (lo segundo no sé si lo conseguí, aunque creo que fui capaz de disfrazarlo como emoción).

THE GREAT WAR

Supongo que no fue hasta 2018 que realmente comencé a querer a Taylor. Antes la escuchaba y, la escuchaba mucho, pero no todas sus canciones, además sentía que no la conocía, no sabía realmente sus logros, solo sabía que algunas de sus letras me hacían sentir acompañada. Entonces mi amiga Janet, a quien conocí mientras estudiaba un semestre en Puebla, me dijo que tenía que escuchar “Reputation” y todo dio vueltas. Y fue, gracias a ella, mi amiga Janet, que conseguí mi boleto.

Una parte de mí, la parte que todavía es controlada por mis miedos, no quería conseguirlos, como me pasó con RBD, no sé si se lo conté a alguien, pero en realidad estuve aliviada de no haber alcanzado boletos, no me iba a tener que enfrentar a una situación que me aterraba. Otra parte de mí, la que se esfuerza en terapia, no sabía qué iba a ser de mí, sino conseguía los boletos para Taylor.

Nunca me llegó un código de fan verificado, aunque registré muchas cuentas en Ticketmaster, pero mi amiga Janet sí, me habló y me dijo que ella me lo compraba. Los conseguimos, pero no alcanzamos en gradas. Janet, como yo, es neurodivergente (lo que no sorprende a nadie, porque fue la única amiga que hice mientras estudiaba en Puebla), entonces, como yo, no le gusta estar entre las multitudes, ni los ruidos fuertes, ni experimentar muchas sensaciones a la par. Ah, los problemas de procesamiento sensorial van a ser la razón de mi muerte, lo prometo. Y nos tocó en General B, era eso o no ver a Taylor, así que aceptamos nuestro destino. Sobrevivimos a la guerra en Ticketmaster, pero ahora venía sobrevivir a nuestra guerra interna.

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